La ves ahí, apoyada contra el marco de la puerta, mirándote con la boca llena de preguntas y marcando un adiós a medias. Tú te marchas, sin estar seguro de si volverás a pagar el billete de tren que te lleve a ella de nuevo, sin poder confiar en tu propia fortaleza a volver a empezar de cero.
Que si ya te rompieron el corazón antes, dicen.
Que si no volverías a ser de nadie más, dijiste.
Para variar.
pregunto por qué piensas que no hacer nada es lo más fácil, si el vacío es lo que más pesa y de lo que más llena está tu copa.
Me pregunto porque te fumas cada cigarrillo como si no te importara nada más allá del humo que desprende.
Me pregunto por qué te acaricias los labios, como si no hubieran tenido ya bastante.
Me pregunto por qué mientes acerca de tu edad, si seguirás teniendo las mismas arrugas, si seguirás escondida en el mismo bar de siempre, si seguirás igual de sola y con los mismos años en las patas de gallo, si no engañas a nadie que no lleve una copa de más, si al día siguiente amanecerán como todos los demás; con la resaca en los talones y las ganas de marcharse sin querer desayunar o pasear ahora que hay sol y tu puedes ponerte tu mejor vestido, ese que no es de puta sino de domingo y que nunca te llegas a poner.
Me pregunto por qué piensas que no hacer nada es lo más fácil, si el vacío es lo que más pesa y de lo que más llena esta tu copa.
Me pregunto porque te fumas cada cigarrillo como si no te importara nada más allá del humo que desprende.
Me pregunto por qué te acaricias los labios, como si no hubieran tenido ya bastante.
A cara o cruz creemos decidir sobre qué cama caer esta noche.
Y a la mañana siguiente, con cada despertar, lanzaremos de nuevo la moneda que presumimos falsamente atrapar en el aire por igual.
En línea recta, dejando atrás el jardín, andando entre los cipreses neutrales, a pasos cortos y con la cabeza haciendo sombra en el pecho, con su nariz mirando la punta de los pies sin pausa. Pisando la gravilla.
Paso, paso.
Adiós, adiós.
No te gires.
Esperan entender los porqués que lanzan al aire sin esperar respuesta. Esperan ser capaces de sonreír aunque sea de espaldas y bocabajo, como si al decirlo del revés fuera menos cierto el intento de homicidio o más noble el olvido de lo que ni tan solo estamos seguros de su autentica existencia.
La verdad es que nunca se recuerda del todo. El recuerdo no es más que una vil, fugaz e inexacta revivencia de lo que no sé puede tener y de lo que, estúpidamente, creíste haber tenido en algún momento pasado.
En el fondo ya se sabe, pero apuras hasta el final, hasta cortarte la comisura de los labios con los bordes del plástico que recubren el helado al que no llega la punta de la lengua.
Sigues intentándolo. Sigues olvidando recordar la mentira que pasó por verdad en su día.